Margarita Mauri Álvarez
DOI:  10.17421/2498-9746-01-15
Abstract 

La comunicación aborda la discusión acerca de cuáles han de ser las finalidades de los cursos de Ética que se imparten en la universidad. Hay un acuerdo generalizado en que uno de los objetivos de los cursos de Ética deben ser los cognitivos. Pero, mientras para algunos autores éstos tienen que ser los únicos objetivos, para otros profesionales de la asignatura es necesario sumar los objetivos educativos a los cognitivos, de modo que el conocimiento que la asignatura de Ética proporciona incida, a través de la reflexión, en la vida moral de los estudiantes. Es ésta una vieja cuestión que ya planteó Aristóteles en la Ética Nicomáquea cuando afirmaba que el estudio de la virtud tiene una finalidad práctica. Uno de los trasfondos del tema que se analiza es la debatida cuestión acerca de la función de la universidad, si debe ser sólo transmisora de conocimientos o, además, educadora moral.

1. Introducción

Los alumnos de primer curso de Ética muestran su asombro ante el número de explicaciones filosóficas diferentes que recibe una misma realidad, esa realidad a la que I. Kant llamó faktum de la moralidad y que todo filósofo tiene ante sí cuando trata de ofrecer una análisis de ella. El conjunto de teorías filosóficas que se esfuerzan por dar razón de la vida moral, de esa inquietud cotidiana por conocer dónde se encuentra la frontera de nuestro deber moral, forma el conjunto de lo que llamamos ‘Ética’. Aunque en el vocabulario corriente ‘Ética’ y ‘Moral’ vayan revueltas, es necesario establecer entre ellas una distinción; mientras el término ‘moralidad’ se refiere al ámbito vivencial, el de ‘Ética’ o ‘Filosofía Moral’ entra en el de la explicación racional, filosófica de la vivencia moral. Por eso suele decirse que (quizá) pueda enseñarse Ética, pero no moralidad. Cierto que hay o puede haber una conexión entre Ética y moralidad; la hay en la medida en que la reflexión filosófica puede incidir en la conducta y desde el momento en que de la conducta parten los filósofos para ofrecer su explicación filosófica; sin embargo, ‘Ética’ y ‘moralidad’ mantienen un campo de referencia distinto. En realidad, existe la Ética porque existe la moralidad, pero las clases en la universidad no son clases de moral, son clases de Ética, incluso en el supuesto de que uno de los objetivos de la Ética sea el de la moralidad.

La cuestión acerca de la enseñanza universitaria de la Ética incluye planteamientos de diversa naturaleza que serán abordados en el transcurso de este trabajo. Sin embargo, una de las cuestiones de las que depende el enfoque de la mayoría de los temas es el de la educación moral. Dentro de este planteamiento cabe tanto la consideración general de si la Universidad ha de tener como objetivo la educación moral de los estudiantes universitarios, como la pregunta, más particular, sobre si ese objetivo, la educación moral de los estudiantes, ha de ser uno de los objetivos propios de la asignatura de ‘Ética’ que se imparte en la universidad. Que la relación docente-discente –sea cual sea la asignatura en que se dé esa relación- lleva emparejado un aprendizaje moral no parece discutirse, lo que sí, en cambio, suele ser objeto de controversia es si, en tanto que objetivo intencionalmente buscado y programado, la Universidad, como institución, junto a sus profesores e integrantes de la comunidad universitaria, y través de las distintas asignaturas, ha de tener como objetivo la educación moral de los alumnos.

La finalidad de esta comunicación es analizar las posibles respuestas a dos preguntas clave en la relación que se establece entre la docencia de la asignatura de Ética y la universidad: 1ª ¿Puede enseñarse ‘Ética’ en la universidad?; y 2ª ¿Es necesario enseñar Ética en la universidad?

2. ¿Puede enseñarse ‘Ética’?

Si hay enseñanza, los valores morales están presentes, aunque con frecuencia estos valores no sean reconocidos. ¿Puede enseñarse ética?’ es una pregunta conceptualmente confusa. La ética se enseña. Más aún, se enseñan valores morales y no se puede fracasar en su enseñanza en el sentido de que permiten la relación profesor-alumno y también el ethos, el método y los objetivos de la clase. La cuestión urgente es qué valores morales se enseñan y qué teoría de la educación será lo suficientemente rica para reflejar esa práctica. Hasta que no pongamos en claro estos temas, las cuestiones acerca de la ética en la profesión docente continuarán repitiendo la vieja ortodoxia y perdiéndose en trivialidades[1]

Lo que pueda entenderse bajo el término ‘Ética’ es, sin duda, muy diverso. Basta tan sólo con acercarse a las definiciones ofrecidas por los distintos autores para apreciar diferencias sustanciales entre los modos de concebir este conocimiento convertido en disciplina. Sin embargo, el sólo hecho de formular una definición sitúa a aquéllos que la ofrecen dentro del grupo de los autores que defienden que la Ética puede enseñarse. La definición es una conceptualización, la apreciación filosófica, racional, del hecho de la moralidad. El análisis filosófico de la dimensión moral, sea este análisis el que sea, nos introduce en el campo de la Ética. Mientras la moralidad se vive, la Ética se explica. De ahí que pueda intentarse enseñar Ética o Filosofía Moral, pero no pueda enseñarse moral. El fenómeno de la moralidad experimentado por los seres humanos es objeto de reflexión, y esa misma reflexión comunicada al que atiende a la explicación puede reincorporarse al mundo de lo vivencial, pero esa incorporación ya no pertenece al dominio de la Ética, sino al de la moral. Las complejas explicaciones éticas sobre la moralidad ofrecidas por los filósofos con el fin de poner al descubierto los fundamentos de la moralidad, en su mayoría, no pretenden sustituir el ejercicio moral de la decisión personal por una explicación racional teórica, sino, más bien, clarificar esa decisión, pero de ningún modo anularla. Ante lo que se ha llamado ‘dimensión moral’ del hombre, las actitudes pueden ser diversas. Puede negarse el fenómeno moral, la necesidad/posibilidad de análisis de ese fenómeno o bien la eficacia de ese análisis con respecto a su influencia en lo vivencial. Y, de hecho, estas podrían ser las tres razones esgrimidas para justificar la imposibilidad de enseñar ‘Ética’:

  1. La negación en virtud del objeto de la Ética, a saber, la moralidad (todo bien, toda elección es completamente emotivo-subjetiva, por tanto, no hay nada que argumentar).

  2. La imposibilidad de analizar el fenómeno de la moralidad (la moralidad como fenómeno inefable).

  3. O bien, siendo el análisis de la moralidad posible, la Ética resulta inútil porque su estudio no puede cambiar la conducta individual.

A favor de la enseñanza de la Ética están todos aquellos autores y profesores que:

  1. Afirman la existencia del objeto de la Ética, a saber, la moralidad (el análisis filosófico de la moralidad puede llegar a conclusiones verdaderas y universales).

  2. Consideran posible el análisis de la moralidad (como fenómeno observable).

  3. Defienden que el análisis de la moralidad, objeto de la Ética, debe cumplir el primero o/y el segundo objetivo: 1º) que agudice la capacidad intelectual del estudiante a la hora de considerar las cuestiones de la vida moral (objetivos intelectuales), y 2º) que el análisis racional de la moralidad revierta en la conducta individual (objetivos emotivo-conductuales). En este segundo caso, se defiende que una de las finalidades de los cursos de Ética ha de ser la educación moral de los alumnos. Queda por señalar hasta qué punto el primer objetivo tiene sentido sólo si se refleja en el segundo.

Una gran parte de los autores que responden negativamente a la pregunta sobre si puede enseñarse ‘Ética’ lo hace apoyándose en la imposibilidad de conseguir que la especulación racional influya en la experiencia vital. Para estos autores, el único interés del ejercicio racional sería el de influir en la moralidad vivida puesto que, de no ser así, la especulación racional perdería su sentido. Considerar filosóficamente cómo debería ser la conducta del hombre cuando el profesor está convencido de que este ejercicio intelectual no afectará para nada la vida moral del alumno, no tiene ningún sentido. Desde este punto de vista, el profesor cree que el verdadero sentido de la enseñanza de la Ética está en su capacidad de modelar o modificar conductas a través de la reflexión del alumno, pero al estar convencido de que la reflexión no incide en el aspecto vivencial, concluye que la Ética no puede ser enseñada[2].

En el supuesto de que el objetivo básico perseguido por el docente de los cursos de Ética en la universidad sea la reflexión teórica con efecto en la práctica moral de los alumnos, la respuesta a la pregunta sobre si puede enseñarse ‘Ética’ es negativa por dos razones:

  1. Si la realización de cursos de Ética en la universidad se lleva a cabo con la finalidad de conseguir un determinado carácter en los alumnos, los cursos de Ética son inútiles porque cuando los estudiantes ingresan en la universidad sus valores y modelos morales ya están determinados y no pueden cambiar. Contra esta tesis el principal argumento que J. Rest[3] esgrime es el de que el punto de partida de la argumentación es falso: entre los 20 y los 30 años, dice Rest, se producen en el ser humano cambios tan profundos como los que se dan en la adolescencia, cambios unidos a la reconceptualización que cada individuo hace de su forma de ver la sociedad y del papel que juega en ella. De esta forma, puede decirse que la formación del alumno continúa mientras éste recibe educación dentro del ámbito universitario o cualquier otro ámbito, y se estanca cuando la abandona. No cabe, pues, negar la enseñanza de la Ética con base en la imposibilidad de influir en la conducta de los alumnos en tanto que las posibilidades de cambio o de reorientación moral siguen abiertas cuando los alumnos ingresan en la universidad. En este sentido, puede decirse que la posibilidad de un cambio de rumbo o de orientación, ya sea radical o parcial, es siempre un camino abierto. La única condición que se requiere es el interés del que atiende la reflexión, y no tanto la edad. Es más, posiblemente esa reflexión filosófica acerca de los temas de la moralidad sea mejor comprendida por quien más ha vivido si tiene, claro está, un interés sincero en dejarse llevar por la reflexión. La afirmación de que a cierta edad valores y modelos morales están ya determinados no puede cerrar la puerta a los cambios si el sujeto vive abierto a un proceso de superación moral.

  2. En segundo lugar, si vinculamos la enseñanza de la Ética a la obtención de unos resultados que incluyan, como finalidad principal, el cambio o la formación del carácter moral de los estudiantes, resulta evidente que la enseñanza de la Ética es imposible porque nunca se consigue ese objetivo inicial propuesto. Claro está que, en este caso, se está afirmando la imposibilidad de enseñar Ética porque se defiende que los objetivos primordiales de su enseñanza no son los intelectuales sino los objetivos emotivo-conductuales, aunque estos últimos no puedan ofrecerse más que a través de los primeros. Desde este punto de vista, la enseñanza de la Ética sería posible siempre y cuando nos limitaramos a perseguir sólo objetivos intelectuales.

D.C. Bok[4] observa que si partimos de la base de que la actuación moral está emparentada con el pensamiento, cabe esperar que todos aquéllos que se hayan ejercitado en la reflexión sobre cuestiones morales tengan que encontrase más cerca de la práctica de los principios morales que los que no hayan recorrido ese camino, o lo que es lo mismo, la reflexión acerca de las cuestiones éticas suele aproximar al alumno a una actuación de acuerdo con esa reflexión. Bock responde con este argumento a la objeción del profesor escéptico según el cual aprender a razonar los problemas morales tiene poco que ver con la adquisición de un carácter moral que conduzca a poner en práctica los valores aprendidos.

D. Callahan[5] divide las finalidades de los cursos de Ética en tres clases: a) fines que son importantes para todos los cursos de Ética, sin distinción de nivel o de contexto; b) fines que son dudosos para cualquier clase de cursos; y c) fines opcionales o importantes según en qué contexto nos encontremos. Los objetivos emotivo-conductuales pertenecen a los fines que Callahan considera dudosos. Aduce cuatro razones para sostener su tesis:

  1. Si uno de los objetivos de los cursos de Ética ha de ser el de cambiar la conducta de los estudiantes, habrá que pensar cómo puede conseguirse este objetivo cuando los estudiantes pasan gran parte del tiempo fuera de clase. Al parecer, Callahan pone en duda este objetivo por la alta probabilidad de su fracaso. La influencia que los cursos de Ética puedan tener en la conducta de los estudiantes entra a competir con la influencia que los estudiantes reciben de otros ambientes. Sin embargo, contrargumenta D. B. Annis[6], la garantía de éxito no puede ser una razón para mantener un objetivo, es decir, la escasa probabilidad de éxito no es una razón para rechazar un objetivo. Ningún curso se llevaría a cabo si dependiera del éxito total de sus objetivos.

  2. La sola pretensión de que un curso de Ética tenga por objetivo cambiar la conducta de los estudiantes presupone que ésta debe de ser inmoral o inaceptable. En contra de la afirmación de Callahan puede decirse que querer cambiar la conducta no supone que ésta sea necesariamente inmoral o inaceptable, puede ser también inmadura o mejorable en ciertos aspectos. Siempre que no se dé por concluido el proceso de educación moral, cabe defender que un curso de Ética puede tener como objetivo la superación de un determinado rasgo del carácter o la superación de un estadio moral sin mantener por ello que el grado de moralidad mostrado sea deficiente o inaceptable.

  3. Iniciar un curso de Ética con el objetivo de investigar qué es una buena conducta parece incompatible con mantener, al mismo tiempo, el objetivo de intentar cambiar la conducta de los estudiantes a través de la reflexión. Si se mantiene este segundo objetivo, el primero pierde todo su sentido. El profesor sabría ya, antes de iniciar la investigación, en qué consiste una buena conducta. Sin embargo, contra el argumento de Callahan, Annis[7] afirma que no parece necesario iniciar una investigación ética para condenar actos como, por ejemplo, los de robar libros de una Biblioteca. La reflexión filosófica acerca de cuál debería ser nuestra conducta en determinada situación puede ser objeto de debate y controversia, sin embargo, la comparación entre las explicaciones de los filósofos moralistas revela que sus discrepancias van más allá de la decisión moral -en la que la mayoría coincidiría-, para situarse en la justificación de la decisión moral. En muchos casos, pues, la reflexión filosófica sobre la conducta buena se ciñe a justificar el fundamento de la conducta buena más que a ahondar en el aspecto material de la decisión. Hay ejemplos, como el que cita Annis, en los que la investigación no se centra en los deberes prima facie, como el de no quemar libros, sino en el porqué no deben realizarse actos de ese tipo. Sólo en los casos en los que la decisión no sea evidente, la investigación, cuyo objetivo es la conducta buena, es incompatible con el objetivo de conseguir influir en la conducta del alumno.

De sus reflexiones Callahan concluye que la iniciativa de cambio de conducta ha de ser siempre una iniciativa de cada estudiante, aunque los cursos de Ética puedan ofrecer instrumentos verbales adecuados que conduzcan a los estudiantes a la autocrítica, antesala del cambio emotivo-conductual. Los cursos de Ética no son cursos de adoctrinación –aclara Callahan– porque la modificación de la conducta a través de la reflexión personal pertenece a la libertad y a la responsabilidad individual. No obstante, puede decirse que siempre que un curso de Ética se proponga que el alumno dé el paso de unir la teoría a la práctica, nos encontraremos dentro de los objetivos emotivo-conductuales.

Para Annis, ayudar a los estudiantes a mejorar su conducta y su carácter con el fin de contribuir a la bondad personal es uno de los objetivos de los cursos de Ética de la Universidad porque, tal como J. Drane afirma, los alumnos necesitan aprender también «(...) how to live a decent life as well as how to make a decent living»[8].

3. Finalidad de los cursos de Ética en la Universidad

Hablar de la finalidad de la enseñanza de la Ética supone encontrarse con una doble perspectiva que, si bien en algunos casos es defendida como complementaria, en otros es entendida como excluyente. Así, mientras para algunos autores la finalidad de un curso de Ética debe apuntar sólo a objetivos intelectuales, para otros debe ir más allá, traspasar las barreras de lo estrictamente intelectual para realizarse en lo práctico, materializarse en la vida ordinaria. En el caso de los autores más ambiciosos por lo que se refiere a los objetivos que un curso de Ética en la Universidad debe perseguir, estos autores hablan de los tres objetivos siguientes:

  1. Objetivos que persiguen el desarrollo del conocimiento y de la comprensión del contenido de los sistemas éticos históricos.

  2. Objetivos que persiguen el desarrollo de la capacidad racional.

  3. Objetivos que persiguen un cambio o una educación de las actitudes, de los rasgos del carácter y de la captación de valores.

Los objetivos del tercer apartado plantean los cursos de Ética como un instrumento, no sólo, pero también, para la educación moral de los alumnos. Cuando una disciplina cuenta entre sus objetivos con el de la educación moral debe plantearse el modelo moral de referencia al que apuntan los objetivos. A menudo, los objetivos de los cursos universitarios de Ética se formulan teniendo en cuenta las características atribuidas a las personas moralmente educadas, que vienen a ser el modelo de referencia. Así lo plantean, por ejemplo, J. Wilson y D. Ozar[9], quienes se refieren a los rasgos propios de una persona moralmente madura como base a partir de la cual formular objetivos.

Atendiendo, pues, a estas características, propias de una persona moralmente educada, los objetivos deberían centrarse en: a) conseguir determinadas actitudes; b) desarrollar la capacidad de conocimiento y valoración de la propia persona, de la situación o hecho externo y de la relación yo-hecho; c) llegar a una decisión.

4. Conclusión

‘Enseñar’ y ‘aprender’ configuran las dos actividades básicas –aunque no únicas- de la universidad; como afirma el Cardenal Newman[10], la difusión del conocimiento junto al progreso del mismo es la razón de ser de la universidad. La Ética es una de las asignaturas presente en todos los planes de estudios universitarios. Puesto que su contenido es relativo al análisis de la conducta humana, resulta inevitable preguntarse si, más allá del conocimiento teórico que puede proporcionar, hay que apuntar a que uno de sus objetivos sea la consideración de la propia conducta a partir del conocimiento teórico obtenido. Quizá en la asignatura de Ética, más que en ninguna otra, la teoría tenga sentido en la medida en que sea capaz de influir en la práctica.

Margarita Mauri Álvarez
Universidad de Barcelona

Notas

[1] - L. R. Churchill, The Teaching of Ethics and Moral Values in Teaching. Some Contemporary Confusions, «Journal of History of Education» 53/3 (1982), p. 306. Traducción de la autora.

[2] - De lo cual se desprende que el profesor que mantiene que la enseñanza de la Ética es posible, en el caso de que tenga entre sus objetivos los emotivo-conductuales, ha de estar convencido de la eficacia de los argumentos racionales como instrumentos de cambio de lo vivencial, y, además, que los estudiantes universitarios están todavía a tiempo de este cambio.

[3] - J. Rest, Can Ethics Be Taught in Professional Schools? The Psychological Research, «Easier Said than Done» Winter (1988), pp. 22-26. En el mismo sentido, S. Bird et al., Teaching and Learning Research Ethics; «Professional Ethics» 4/3-4 (1995), pp. 155-178.

[4] - D. C. Bok, Can Ethics be Taught?, «Change Magazine on Higher Education» (1976), pp. 26-30.

[5] - D. Callahan, Goals in the Teaching Ethics, en D. Callahan and S. Bok (eds.), Ethics Teaching in Higher Education, Plenum Press, New York 1980, cap. 2.

[6] - D. B. Annis, A Philosophy of Man in Higher Education, «Main Currents in Modern Thought» 28/1 (1972), p. 192.

[7] - Ibid., p. 193.

[8] - En D. B. Annis, A Philosophy of Man in Higher Education, «Main Currents in Modern Thought» 28/1 (1972), p. 99.

[9] - J. Wilson – D. Ozar, Teaching Ethics in the University: A Reflection of Aims, en D. Barry (ed.) Ethics on a Catholic University Campus, Loyola University Press, Chicago 1980, pp. 96-126.

[10] - J. H. Newman, Discursos sobre el fin y la naturaleza de la educación universitaria, tr. J. Morales, EUNSA, Pamplona 1996.


© 2015 Margarita Mauri Álvarez & Forum. Supplement to Acta Philosophica

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