Katarzyna Szymala
DOI:  10.17421/2498-9746-01-25
Abstract 

Vivimos en tiempos muy ágiles, en una cultura “instant” y en una sociedad muy fragmentada en cuanto a los valores que se comparten. En este marco, hace falta saber mostrar al hombre el papel de la filosofía, que le puede ayudar a encontrar algo que una todas sus acciones, y así le facilite “recomponerse” por dentro. Es decir: a redescubrir la belleza de hacer el bien, de hacerse bueno y de contribuir a un bien mayor. Por lo tanto, el texto sitúa la formación profesional dentro de un marco más amplio de la vida. Parte de la premisa de que un buen profesional es ante todo una persona en una situación concreta, con unas obligaciones precisas. El hilo conductor versa sobre tres ideas filosóficas: la conveniencia de buscar un orden “interior”, dirigido al bien de cada cosa; la necesidad de tomar responsabilidad de los propios actos vinculada con la noción de la intencionalidad interior. Y, por último, la conveniencia de plantearse metas profesionales cuyos resultados quizá no sean inmediatos, pero harán posible realizar el bien común.

1. Introducción

Empecemos con una historia. Sus raíces se remotan a los años 20 y 30 del siglo pasado. El famoso filósofo polaco, ya fallecido, Władysław Tatarkiewicz, miembro de la llamada escuela de Lwow-Varsovia, concibió la idea de escribir un libro sobre la felicidad. Siendo especialista en Historia de la Filosofía y Etica, se daba cuenta de lo mucho que se había dicho y escrito sobre la felicidad. Sin embargo, veía la necesidad de contar con una publicación que aportara una visión más contemporánea, más completa del tema. Poco a poco empezó a reunir el material, y a escribir. Buena parte de sus reflexiones fue recogida durante la Segunda Guerra Mundial. Durante el levantamiento de Varsovia en 1944 tuvo que huir de su casa que fue incendiada. En su maleta llevaba el manuscrito del libro. Detenido por la calle por un militar nazi, estaba convencido de que perdería el texto. El militar le preguntó: ¿qué lleva Usted en la mano? – Es un publicación científica – respondió el profesor. Entonces el militar replicó: el trabajo intelectual ya no sirve. Aquí (refiriéndose a la zona devastada de Varsovia), la cultura polaca se acabó. Y tiró los papeles a la alcantarilla. Tatarkiewicz, arriesgando la vida, los pudo rescatar, aunque parte se extravió. El libro con el título “Sobre la felicidad” fue publicado por la primera vez en 1947 y luego tuvo varias reediciones[1].

Las circunstancias que nos acompañan en la vida son - al menos en algunos territorios del mundo – muy variadas. Pero es interesante repetir la misma pregunta: ¿el trabajo intelectual (entiéndase por esto también la filosofía) tiene alguna utilidad? ¿Cuál puede ser su función para los profesionales que tienen que enfrentarse con distintas obligaciones y compromisos?

El objetivo de este texto es bien sencillo. Se trata de enumerar tres ideas filosóficas, que pueden tener incidencia en la formación profesional, entendida ésta como parte del proyecto vital de cada persona. El orden de la exposición es el siguiente: primero se examina la conveniencia de reflexionar sobre la finalidad de las cosas y su vinculación con el bien. En el segundo lugar se analiza la importancia de la intencionalidad interior – propiedad de cada acción responsable del ser libre. El texto acaba con una breve consideración acerca del desafío de contribuir al bien común.

2. El orden interior: la búsqueda del fin (del bien) de cada cosa

En el célebre libro Summa contra Gentiles de Santo Tomás de Aquino, en el capítulo I titulado El deber del sabio, hay una referencia interesante al papel del sabio (filósofo). Vale la pena recurrir a esta cita:

El uso corriente que, según cree el Filósofo, ha de seguirse al denominar las cosas, ha querido que comúnmente se llame sabios a quienes ordenan directamente las cosas y las gobiernan bien. De aquí que, entre otras cualidades que los hombres conciben en el sabio, señala el Filósofo “que le es propio el ordenar”. Más la norma de orden y gobierno de cuanto se ordena a un fin, se debe tomar del mismo fin; porque en tanto una cosa está perfectamente dispuesta en cuanto se ordena convenientemente a su propio fin, pues el fin es el bien propio de cada ser. (...). En cambio se reserva el nombre de sabio con todo su sentido únicamente para aquellos que se ocupan del fin universal, principio también de todos los seres. Y así, según el Filósofo, es propio del sabio considerar “las causas más altas”[2].

Dos aspectos se ponen de relieve como centrales en este fragmento: primero, el oficio del sabio, que consiste en ordenar y gobernar las cosas. El que posee la sabiduría sabe hacer orden. No se trata, obviamente, de hacer un orden material. Es saber poner todo en un sitio – en “su sitio”, que es el bien de cada cosa. Para el Aquinata, el orden, el fin de las cosas, y su bien, convergen en un mismo punto. Pero hay todavía un otro matiz: y es que los buenos pensadores – como diríamos hoy – son las personas que ordenan las ideas y nos hacen entender mejor el mundo. Tomándolo desde una perspectiva personal: el sabio tiene un orden interior que se advierte en su pensamiento y por supuesto, en su actividad exterior. Saber gobernar la propia vida es mucho más que emplear unas cualidades de dirección, dirigidas a fines buenos, pero técnicos o instrumentales. Pongamos un ejemplo.

No hace mucho tiempo una alumna me contaba, que la profesora de una asignatura les dio la posibilidad de obtener la nota máxima si presentaban dos ensayos. Ella está acostumbrada a trabajar mucho y bien. Por eso pensó en hacerlo un fin de semana antes de la fecha de entrega de los trabajos. Mientras tanto, su madre decidió asistir a una actividad que duraba todo el fin de semana, y la hija, a su vez se ofreció para cuidar a sus hermanos pequeños. No le dio tiempo, por supuesto, a escribir los ensayos. Pero le importaba más que su madre pudiera acudir a la reunión. Es más, en la conversación conmigo, hizo otra reflexión. Hace poco su madre se empezó a sentir mal. Se cansaba muy rápido. Como es lógico, mi alumna estaba preocupada y quería ayudar a su madre. Por eso decidió limitar sus clases de baile y acudir al ensayo solamente una vez a la semana. Vale la pena hacer un paréntesis para comentar el contexto de lo narrado.

En la filosofía actual, especialmente en el campo de la Filosofía Política, se habla mucho de la ética del cuidado y de la importancia que tiene cuidar a las personas no sólo en el ámbito privado, sino también en la vida social. El núcleo de esta postura reside en la convicción de que satisfacer las necesidades básicas de otras personas ofrece la posibilidad de cultivar muchas virtudes, desarrollarse como personas y establecer relaciones basadas en la amistad y el agradecimiento a nivel social e institucional[3]. Quiza muchas veces habrá que hacerse una pregunta sencilla, pero eloquente: ¿qué tiene más valor - preparar una sopa para quien lo necesite ó escribir un articulo que probablemente nadie leerá? Hay que subrayar que de ningun modo se intenta con esta advertencia minsuvalorar la tarea profesional, sino prevenir que ésta se convierta en un coto aislado. No se trata, por tanto de ser “menos” profesional, sino de elegir lo que es realmente bueno en cada situación.

Puede decirse que hoy se habla demasiado poco de la coherencia interior – esto es, de la importancia del comportamiento humano en todas sus dimensiones, incluido el ámbito privado. La persona que ve y hace lo que conviene en el marco de su obligaciones familiares de cada día, tendrá más aptitud y más sabiduría para discernir lo que conviene en su trabajo a nivel de los fines y relaciones entre estos fines. Lo que permite hacer esta afirmación es el clásico argumento filosófico de que el bien (bonum) es una cualidad transcendente del ser e integrante del mismo.

Hay que decir que ya los griegos establecieron un límite muy estricto entre lo necesario - el bios (símbolo de las necesidades vitales y de su satisfacción) y lo que sobrepasa las necesidades básicas - el logos (cultura, razonamiento, lo que se hace por libre, y no para cumplir una necesidad vital)[4]. La relación, o incluso, oposición, entre los requisitos de la natura (aquí diriamos de las relaciones como el matrimonio, la familia, etc.) y los desafíos del trabajo, no es por tanto nueva. Sin embargo, siguiendo el hilo de la argumentación de Santo Tomás se puede llegar a la conclusión de que lo que verdaderamente cuenta, no es tanto la materialidad del acto, sino el cumplimiento del bien al que está ordenada cada cosa. En la formación profesional puede tener bastante importancia captar el verdadero punto de referencia para la evaluación de un trabajo: lo bueno, necesario, conveniente en cada momento, aunque de por sí no se trate de hacer cosas grandes, notables. Cualquier trabajo profesional presupone el cumplimiento de tareas más humildes o dirigidas a proporcionar algunos servicios a otros. Sin embargo, una persona sabia no pondrá obstáculos para realizarlos, siempre que se identifique con los fines. En este cometido ayuda mucho ver el nexo entre el principio y la consequencia de las propias elecciones, crucial para obrar de una manera responsable.

3. La intencionalidad interior: la clave para obrar libremente

Sin duda sería interesante analizar la trayectoria de la idea de la intencionalidad en el pensamiento contemporáneo, aunque esta tarea queda al margen del presente trabajo. Basta decir que, en algunos ambientes la intencionalidad es el símbolo de una metafísica si no inválida, al menos poco vital, con conceptos inadecuados para la sensibilidad actual. La instantaneidad, la superficialidad y la velocidad son más bien los componentes que describen el actuar humano. La corriente da la filosofía transhumana - que intenta negar el sitio privilegiado del hombre en el universo - representa especialmente bien este tipo de pensamiento.

Según esta visión, la persona en cuanto tal no pasa de ser una especie más en un mundo de organismos reunidos en redes de independencia con formas no-humanas de vida. El hombre-cyborg, convertido parcialmente en una especie de ser mixto, puede ser interesante en tanto en cuanto logre traspasar sus posibilidades biológicas. Por otro lado, este pensamiento fomenta el análisis de las similitudes entre el comportamiento de los hombres y de los animales. Incluso, se hacen pruebas no sólamente a nivel teórico, sino también artístico y material para quitar todo tipo de fronteras entre las dos especies – el hombre y los animales[5]. Lo cual, en definitiva, lleva a la disminución y la progresiva pérdida de la intencionalidad interior, que se va mezclando con otras intencionalidades, propias de seres no racionales. Es más: debilita la responsabilidad por los propios actos y quiere reflexionar sobre el obrar en un contexto totalmente superficial y libre de cualquier índole ético. En el caso del hombre, importa mucho saber que puede dar la orientación que quiera a su vida, cambiarla, modificarla. En esto reside la gran diferencia entre ser alguien y ser algo. Pensar en la dirección de la vida, significa, por supuesto tener conciencia de los principios por los que uno se rige, y no dejarse llevar por el ambiente. Hace poco, un famoso actor polaco, Cezary Pazura, en una entrevista para un periódico, hablaba muy claramente sobre este problema. Es más bien un testimonio que vale la pena citar ampliamente. Dice asi[6]:

- En mi juventud me decían de un modo gráfico que la mesa se apoya en tres patas: la familia, el colegio y la Iglesia. Estos tres pilares han formado mi personalidad. Hoy en día, estos tres fundamentos sufren unos ataques ideológicos muy violentos. Yo mismo soy un ejemplo de como una familia puede distorsionarse[7].

- (periodista) ¿Usted lo dice desde la perspectiva de su otra unión? ¿ Es difícil compaginarlo con el tercer pilar – la Iglesia y la doctrina de la insolubilidad del matrimonio que proclama?

- (silencio): Nunca he perdido la esperanza de que Dios me conoce mejor y sabe cómo es mi vida. Es muy difícil hablar de estos temas, porque hay preguntas a las que todavía no he respondido. Y no sé si podré hacerlo. Si alguien me hubiera dicho, cuando era un joven bachiller, que tendría tres mujeres, me santiguaría y le tomaría por loco. Sin embargo, la vida se desenvolvió de esta manera y muchas cosas ocurrieron sin que yo las promoviera. Se juntan varias cosas: los remordimientos de conciencia que, en vez de enfrentarse con ellos, uno los evade; la pérdida de una relación viva con Dios, del contacto con la Iglesia.

- (periodista) ¿Ésta es precisamente su experiencia?

- Bien dicho – experiencia. Muchas veces pienso porqué mi vida fue de esta manera y porqué Dios me ha proporcionado estos acontecimientos. Pienso también hasta qué punto yo mismo fui el responable de los hechos y en qué me he dejado llevar por la corriente. Nunca llegué a ser ateo, ni tenía la impresión de que me alejaba de Dios. Era mas bién la sensación de que las cosas pasaban y yo no era consciente de esto. El hombre cree que vive, pero ve e interpreta el mundo tal y como lo quisiera ver y entender. Esto es algo muy peligroso, porque de repente resulta que hay otro lado del asunto, que se conoce solamente por los efectos. El hombre es ciego para ver las causas.

Para resumir, se puede decir que el mensaje que se trasluce de la entrevista es bien claro: además de las circunstancias – más o menos favorables que cada uno encuentra en su entorno profesional - las presiones o indiferencia (dejarse llevar por la corriente), se puede y se debe asumir la responsabilidad por la propia actuación a todos los niveles: de proyectos, de ideas, sin dejar la responsabilidad en manos de los demás: “me dijeron que lo haga”; “no estaba tan convencido de hacerlo, pero al final lo acepté”. Tampoco se trata de no cometer errores, pero sí de saber enfrentarse con las razones más profundas de nuestro comportamiento y si hace falta, reconocer que nos hemos equivocado. El concepto de intencionalidad interior juega un papel decisivo en la reconquista del dinamismo interior: sólo un ser responsable es capaz de orientar y reorientar su vida en la dimensión ética; sólo la recta ratio puede y debe ser correcta.

4. La preocupación por el bien común: más allá de los fines inmediatos

La tecera idea filosófica que puede ayudar mucho en la formación profesional, es la actitud de saber trabajar teniendo en cuenta no sólamente los fines inmediatos sino también amplios horizontes profesionales. Ahora ya no se trata de gobernar la vida según el bien de cada cosa, de pensar los fines y las causas, sino de pasar la “frontera” de lo visible, de lo inmediato, de lo que se puede valorar ahora, ya. Dicho de otra manera: no es suficiente con ser un buen profesional, un buen trabajador. Hace falta contribuír a que las instituciones sean buenas y que en cierta manera, ese bien “individual” se prolonge, se perpetue en el funcionamiento de las instituciones. Bastantes sociólogos y filósofos – entre ellos Robert Putnam – hablan hoy de la necesidad de desarrollar el capital social - entendido como una postura benévola frente a la sociedad -, unas normas de conducta que animen a tomar iniciativas juntos y tener confianza en los miembros de la sociedad y en las instituciones del estado[8]. Pues bien, cada país tendrá su propia experiencia de que la continuidad del trabajo de muchas instituciontaes públicas (a nivel legislativo, ejecutivo o de los fines), está muy limitada y, cada vez con más frecuencia, interrumpida por un nuevo equipo (de gobierno) que da un nuevo orden a los asuntos. Con bastantes reformas, muy deseadas en algunos sectores de la sociedad – en el campo de la salud pública, de la educación, etc. - a veces no se toman las decisiones oportunas, porque sus resultados son a largo plazo, o porque inicialmente no tendrían la aceptación de la opinión pública. La buena formación profesional facilita, o por lo menos, da más argumentos para involucrarse con generosidad en proyectos de mucha envergadura, aunque se haya de trabajar mucho sin ver pronto los resultados. Trabajar con vista al bien común significa también cumplir las propias obligaciones sin “sentir” la satisfacción del resulatado obtenido, de la apreciación por los demás.

5. Conclusiones

En este artículo se ha intentado recalcar la importancia de algunas ideas filosóficas que pueden tener incidencia en la formación profesional: la conveniencia de dirigir cada cosa a su fin – pensar bien y pensar lo que realmente conviene en cada situación; el valor de la intencionalidad interior, indispensable para obrar con responsabilidad, y el desafío de contribuir al bien común.

Vivimos en tiempos muy dinámicos, con una cultura “instant” y en una sociedad muy fragmentarizada en cuanto a los valores que se comparten. En este marco, hace falta saber mostrar al hombre el papel de la filosofía, que puede ayudarle a encontrar algo que una todas sus acciones, y asi le facilite “recomponerse” por dentro. Es decir: a redescubrir la belleza de hacer el bien, de hacerse bueno y de contribuir a un bien mayor. La gran función educativa de la filosofía se encierra en este cometido: conservar y volver al recuerdo (memoria) de los bienes invisibles.

Tampoco se puede olvidar que un buen profesional es ante todo una persona en una situación concreta, con unas obligaciones precisas. Por lo tanto, hay que situar siempre la formación profesional dentro de un marco más amplio de la vida. El trabajo de por si no da la felicidad, pero puede ayudar al hombre a ser feliz si éste se empeña en ser una persona recta, que quiere decir también una persona sabia.

Katarzyna Szymala
Consejera en el ámbito de la educacion diferenciada
Colegio Strumienie (Stowarzyszenie STERNIK)
Józefów, Polonia.

Notas

[1] - W. Tatarkiewicz, O szczęściu, Wydawnictwo Naukowe PWN, Warszawa 2008, pp. 10-14.

[2] - La cita del texto viene de la versión on-line: http://www.traditio-op.org/biblioteca/Aquino/Suma_Contra_Gentiles_Sto_Tomas_de_Aquino_OP.pdf (entrada: 28.12.2014)

[3] - La relación entre la ética del cuidado, el concepto de la amistad política, su relevancia para la sociedad y el Estado la desarrolla, por ejemplo S. A. Schwarzenbach. Vease, S. A. Schwarzenbach, On Civic Friendship, «Ethics» 107 (1996), pp. 97-128.

[4] - Cf. H. Arendt, Kondycja ludzka, przeł. A.Łagodzka, Fundacja Aletheia, Warszawa 2000, p. 3.

[5] - Recurro aquí a la explicación del fenómeno del transhumanismo según lo descibe M. Bakke, Bio-transfiguracje. Sztuka i estetyka posthumanizmu, Wydawnictwo Naukowe UAM, Poznań 2010, pp. 8; 21.

[6] - La entrevista que se cita a continuación se titula Peligrosos absurdos. Con Cezary Pazura habla Mariusz Majewski y fue publicada en el diario Gość Niedzielny, uno de los periódicos de mas tirada en Polonia. Aquí se cita la versión digital del texto: GN 28/2014 http://gosc.pl/doc/2078577 (entrada: 29.12.2014).

[7] - El mismo actor fue objeto de masivas críticas, cuando se anunció públicamente a favor de un conocido médico-ginecólogo, prof. Bogdan Chazan, director de un hospital público en Varsovia, despedido del trabajo por haber denegado a una paciente embarazada de un niño con problemas genéticos la posibilidad de aborto, recurriendo a la objeción de la conciencia.

[8] - La noción del capital social según R. Putnam la cito siguiendo la publicación: J. Czapiński, T. Panek (eds.), Diagnoza społeczna 2013. Warunki i jakość życia Polaków. Raport, Drukarnia Braci Grodzińskich, Warszawa 2014, p. 320.


© 2015 Katarzyna Szymala & Forum. Supplement to Acta Philosophica

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